Por fin una peripecia

Sábado a la mañana y hago la Verificación Técnica Vehicular. “¡Que tengas buen día!”, dice por el parlante el de abajo de la fosa cuando termina de revisar mi auto. Salgo a la ruta del Camino Sesquicentenario de Bahía Blanca y paro en una estación de servicio a comprar un chocolate. Ahí nomás en una calle barrial vive mi gran amiga Guada, que está aislada junto a sus dos hijos y su marido con test positivo COVID.

Freno en la puerta de su casa y la veo acercarse a la reja. Separadas a unos 10 metros nos damos un saludo de pandemia, que en un caso como este, donde ya hay virus confirmado, empieza con movimientos de brazos, onomatopeyas y evocaciones divinas.  “Ay, Guada, Dios”.

Como es probable que ella sea portadora asintomática,  planeo dejarle el chocolate e irme enseguida a lo ring raje. Dejo el auto con las luces encendidas y la música de U2 que traía en la ruta y me bajo.

—Es impresionante, le ponés un quitaesmalte en la nariz y nada, no huele nada —me cuenta Guada de su marido Julián, a quien ella y sus hijos le asignaron un baño con un simpático dibujito de una calavera en la puerta.

Hablamos de los chicos, de sus tareas, de los chats (“decís la palabra escuela y parece que es política y se pudre”), del miedo que tiene de haber contagiado a sus viejos, de la malaria en los negocios del centro,  de que no compramos ropa si total para qué y es impagable, de dos o tres conocidos adherentes al “a mí no me va a pasar nada”, de un episodio doloroso que vivió mi hija esta semana, de los zapallitos que tiene en la huerta y que si quiero me trae aunque mejor no y de que bueno, listo, chau, ojalá salga todo bien.

Revoleamos los brazos de nuevo y me subo al auto. Uy, no arranca. La batería. Qué me hacés, Bono.

Llamo al seguro y me dicen que sí, que vienen, pero que están con mucha demora y van a tardar 150 minutos. No me dicen “dos horas y media”. Me dicen “150 minutos”. De los nervios hago mal la cuenta y me mentalizo que me esperan tres horas en la puerta de la casa de una familia con COVID.

—Esperá —dice Guada.

Entra y sale con un mate y un termo, dos reposeras y una botella con difusor de litro de alcohol.

—Es al 70 por ciento —dice, y le echa a mi reposera.

Ya ubicadas y con certificación ISO COVID ella sola toma mate. Es así: toma un mate y se saca y se pone el barbijo. Toma otro mate y se saca y se pone el barbijo. Toma otro mate y se saca y se olvida el barbijo.

—Uy me olvidé —dice.

—Sí, no te quise decir.

Sale Fermina, su hija de 8 años, con calzas, remera y calzado de niña en cuarentena, es decir, crocs con medias.  Guada le pide que nos saque una foto y ella le dice que tiene hambre. Es la hora del almuerzo. Julián está encerrado en la pieza y Guada tiene que ir a atenderlo y ocuparse de cocinar para todos, limpiar, desinfectar.

—Te vas adentro —le digo— hacés lo que tengas que hacer y yo me duermo una siesta en el auto. Dejá las reposeras, yo las cuido.

La convenzo y se va. Entro al auto y agarro el teléfono. Hace unos días eliminé las redes sociales y ahora no tengo qué hacer. O sí tengo. Acá nomás hay dos loros barranqueros a los besos en un cable. Mirar, eso tengo que hacer.

No pasa ni un auto en todo este tiempo, pero ahí viene uno y se estaciona nariz con nariz con el mío. Es el del seguro. Llega el puente. Llega la energía eléctrica. Guada sale de la casa masticando milanesa y los puños en alto. ¡Vamos! Entonces sí, chau, Guada, te-quie-ro, chau.

Agarro de nuevo la ruta en dirección a mi casa, bajo el vidrio y canto. No hay camas de terapia intensiva en Bahía Blanca, los números de contagios en el país llegan a records diarios;  la economía, rota; peligran las clases presenciales, mis papás grandes y cansados y mis hermanos médicos, de tan relajados, colapsados. Y yo acá cantando Zooropa.

Es la peripecia. Se lo escuché al escritor Pedro Mairal en un seminario. La pandemia, con sus cuarentenas y sus encierros, nos deja sin peripecia. Eso que pasa cuando te levantás y salís a tu vidita. Es el perro que te muerde el talón, la persona que  confundís y saludás efusivamente en la calle, la historia que contás cuando volvés a tu casa.

Canto en el auto porque siento que recién con Guada algo se alteró; hubo un imprevisto, un giro. O mejor dicho, canto porque gracias a la peripecia pude pasar un rato con ella.  

8 respuestas para “Por fin una peripecia”

  1. me encanta leerte.
    estamos todos relajadamente colapsados, emocionalmente y fisicamente. por suerte existen las Guadas que nos alivian los malos tragos.
    beso Maru!

  2. Sos lo mejor de lo mejor de lo mejorrrrrr Basta. Cansada me tenés. Me quedo con dudas. Qué fue el episodio doloroso que le sucedió a tu nenita y por qué te alejaste de las redes. Ojo con eso Lelé sabemos q en blogues y twiters sos de lo mejor que hay en el planteta tierra.

    1. Basta vos. Saqué las redes del teléfono porque me hacían mal. Twitter, sobre todo, el relleno sanitario. Entro desde la compu mientras trabajo, que igual es mucho. Beso a la exagerada más linda.

  3. Bien , Maru. Quedaron muchos cabos Sueltos..!
    Se viene Peripecias II ?

    Que paso con la Batería la tuviste que cambiar?
    Que Paso con tu hija?
    Los loros Barraqueros son los mismos de la historia anterior?

    Ufff

    1. Cabos sueltos, ja! Lo de mi hija, nada, ya pasó. La batería se gastó porque había dejado la radio y las luces encendidas. Loros barranqueros, sí, son la marca registrada de Bahía Blanca. Gracias Jorge por la buena onda, un beso.

  4. Y cuantas historias más van a surgir…
    Creo que el broche de oro es la nena de tu amiga escondida atrás de la reposera (con las crocs y medias) ❤

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