Entre víboras

La yarará se hace un rulo y después una flecha y se lanza hacia a mí. No es otro sueño. Son las 6 de la tarde del miércoles 21 noviembre de 2018 y estoy en el camino peatonal del campus de Palihue de la Universidad Nacional del Sur (UNS) en Bahía Blanca. ¿Qué es esto? Estoy acostumbrada a que me quieran picar víboras, pero no despierta. Doy tres saltos en dirección a la calle y entonces sí, tiemblo.

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Soy chica y me cuentan que: cuando mi abuela estaba embarazada de mi mamá una culebra se le subió a la pierna y cuando mi mamá estaba embarazada de mí una yarará apareció enroscada a una maceta. También me cuentan que en el campo la yarará busca a la mujer que amamanta, espera que se duerma y se prende a la teta con la cola en la boca del bebé. 

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Son las 10 de la mañana del miércoles. Lo de la víbora en la UNS será a la tarde. Escribo una nota dirigida a la Municipalidad de Bahía Blanca solicitando que gente de Saneamiento Ambiental vaya a dar una charla sobre ofidios al personal de una de las empresas para las que hago trabajos de comunicación, la Central Termoeléctrica Guillermo Brown en General Cerri. Parece que hay serpientes en la planta.

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Los sueños empiezan de chica, no bien me cuentan lo de la yarará lactante. Mi mamá sigue hablando de víboras. De las del baldío de la vuelta, de la que encontró el tío Eduardo, de las de Tornquist y Sierra de la Ventana. En mis sueños las serpientes son yararás y no me pican: me están por picar. Nunca una boa, una anaconda del Amazonas. Yararás. Sueño en bonaerense.

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Termino la nota para la Municipalidad y el resto de cosas que tengo que hacer y salgo a caminar. Entro al campus de Palihue de la UNS por avenida Cabrera. Miro las sierras a lo lejos y los pastos crecidos por las lluvias. La de víboras que debe haber, pienso. La idea me inquieta, pero a la vez me tranquilizo: hay estudiantes, albañiles, una avenida llena de autos; tanto movimiento seguro las espanta. Sigo caminando, salgo del campus y me meto en el Barrio Palihue por San Andrés, la calle donde donde crecí. Ya que estoy paso por lo de mi mamá.

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Crezco, hago el Primario, el Secundario. Me mudo a Buenos Aires, estudio Periodismo y vuelvo a Bahía Blanca. Duermo con novios y hago la abdominal. Soñar con víboras o con víboras a punto de picar implica formar un brusco ángulo recto con el cuerpo que a veces se acompaña con un grito y otras con un suspiro. Depende de cuántas víboras sean. Si es una sola, un suspiro; si es una maraña, un grito. Con mi marido Esteban este año cumplo 10 años de abdominales.

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Tomo dos mates con mi mamá. Hablamos de lo mal que se empezó a portar mi hija más chica, María, la de 5. Antes de perder el ritmo de la caminata me despido y vuelvo al campus de la UNS. Suena Little by little de Radiohead en mis auriculares. Paso por las aulas de los Departamentos de Economía y Administración. Veo a un grupo de albañiles colgados en andamios trabajar en lo que serán más aulas. La música, el calor: qué bien. En eso freno. Estoy a punto de pisar la víbora, no la vi y estaba ahí, enroscada. A un lado hay campo y vista de sierras; al otro, una pequeña franja de pasto y un poco más allá, calle. ¿Qué hago? Nadie me asegura que en la pequeña franja de pasto no haya una maraña de más yararás. Igual es por ahí. La víbora me ataca y doy un salto.

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Me paro en el medio de la calle, miro a la yarará y le saco una foto. Veo cómo se mete entre los pastos en dirección a las sierras. Esto es imposible. Soy una persona que le ha dicho a psicólogos que sueña con víboras, que hace tres años viajó a la selva de Misiones para ver si así, si durmiendo entre corales, se le iba la tara (volví con todos los abdominales marcados). ¿Qué hago frente a una víbora venenosa a 6 cuadras de mi casa? Viene un auto, un Clío blanco. Maneja una chica. Me mira y la miro. Es Ana Carolina Filipich. No hay palabras. Nos criamos juntas, somos tan amigas que si lo quiero explicar balbuceo. Anita me abre la puerta del Clío blanco. Es el carruaje de un ángel.

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Llego a mi casa y mando un WhatsApp a mi mamá.

CHAT

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Al contrario de mis sospechas, a la noche duermo bien. A la mañana pienso que las serpientes de la termoeléctrica y la yarará de la UNS capaz representan un mayor movimiento de víboras en la zona. Eso es nota. Hablo con el presidente del Colegio de Veterinarios, de cuya web y redes sociales yo me encargo, y me pongo a escribir un artículo sobre mitos y verdades de la yarará usando como fuente al guardaparque del Organismo Provincial de Desarrollo Sustentable (OPDS) en Tornquist, Maximiliano D’Onofrio. Este es mi exorcismo, pienso.

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Viernes, finaliza una semana a toda víbora. El encuentro en la UNS fue hace dos días. Esteban me dice que el pronóstico anuncia un fin de semana soleado, sin viento y con luna llena. El ideal para hacer lo que él y mi hija de 8, Antonia, vienen planeando desde hace meses: un ascenso ellos dos solos al cerro Tres Picos en Tornquist, atravesando 10 kilómetros de pastizales de ida y 10 de vuelta y durmiendo en la cueva de piedra que hay casi en la cima. Ok, esto también pasa, pienso.

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Vuelvo al exorcismo. La cura no puede ser dejar de tener miedo a las víboras, eso es casi imposible. La cura es cortar la cadena. Es evitar lo que sin querer mi abuela pasó a mi mamá y mi mamá a mí y se sumó a toda una cultura ancestral que vincula a la serpiente con el mal. Al menos tengo que tratar.

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Ya es sábado a la mañana. Esteban y Antonia tienen listas su carpa y mochilas y están por salir al cerro Tres Picos. Es ahora, pienso. Agarro con las manos la cara de Antonia, le doy un beso y digo: “Pasala lindo”.

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14 Replies to “Entre víboras”

  1. Querida Lelé. Tus relatos a esta altura se han vuelto imprescindibles en mi vida. Estoy casi paseando ahí con vos. Es más, siento a esa víbora cerca. Sos muy grosa. Y en el devenir de la crónica se me vinieron a la mente al menos un par de yararás que quisieron morderte acá, en esta Redacción. Pero no han podido. No han podido contigo niñita linda y astuta.

  2. Qué lindo leerte Maru y qué bueno que hayas cortado la cadena.
    Lo único que no está bien es tener tantas notificaciones en el celular. Esto es un chiste, el TOC ese es mio.
    Un beso grande!

    Martín

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