Peor las redes que la enfermedad

Son las dos de la tarde. Manejás tu Nissan Tiida con tus hijos en el asiento de atrás. Fuiste a comprar figuritas del Mundial para el varón y unas pastas. Se te hizo tarde para almorzar. No importa, es domingo. Esperás en el semáforo del Bahía Blanca Plaza Shopping.

Una moto con dos personas con casco se te pone al lado, después adelante y después del lado del acompañante, en cuyo asiento está tu cartera. Después son ocho segundos de golpes con un codo, un casco y toda la fuerza de un hombre alienado contra un vidrio.

Estás atrapada, tenés un auto adelante y otro atrás. Los chicos están en silencio. Vos también. Tenés que salir de ahí, pero en el intento se te apaga el motor. Gritás.

—¡La puta madre, que alguien me ayude!

Ningún auto se mueve. Cuando lográs arrancar los de la moto se van. Te das vuelta y tus hijos siguen en silencio, pálidos. Ves a la moto yéndose por la bicisenda. Avanzás unos metros y volvés a parar.

—¿Están bien? —preguntás a tus hijos.

—¡¡Mamá!!

—Chicos, nos quisieron robar, pero estamos bien; tranquilícense.

Vas a tu casa. Le contás a tu marido, dejás a los chicos con él y seguís al móvil policial que hay en la plaza del Barrio Palos Verdes. De ahí vas a la comisaría del Barrio Patagonia a hacer la denuncia. Mientras esperás el trámite le avisás a tus vecinos y amigos. Todo por Whatsapp.

Volvés y te sentás con tus hijos. Les explicás que estas cosas pasan. Que hay que tener cuidado, pero que hay que tratar de vivir sin miedo. Que no fue tan grave. No hubo armas, roturas ni nadie lastimado; ni siquiera te alcanzaron a robar la cartera. No pasó nada, les decís.

***

A la mañana siguiente trabajás, llevás a los chicos a la escuela: un lunes frío de otoño en Bahía Blanca.

A las 18:25 te llega un video por Whatsapp. Es la filmación de una cámara en la calle. Se ve perfecto: la moto Enduro roja y blanca sin patente, tu auto beige tratando de escapar. No reconocés del todo la escena. Parece peor de lo que la recordás.

Temblás. Por primera vez te largás a llorar.

Amigos, familiares, papás del colegio y hasta ex compañeros del secundario te mandan el video, preguntan si sos vos y cómo estás.

—Vas a ser famosa. Ponete un bisón y andá a los sets —te dice un amigo.

Te llama una radio. Y otra. Y un diario. Les decís que preferís que no pongan tu nombre, cuántos hijos tenés ni en qué barrio vivís. Les contás lo que pasó. Te fijás los comentarios que recibe el video en Facebook. Lees las palabras “bala”, “zanja” y una en línea con la onda rusa mundialista que está por empezar: “Kalashnikov”.

***

Tu teléfono recibe un llamado por minuto. No hay forma de atender. Tenés que preparar la cena y ver las carpetas de los chicos.

Te das cuenta que la noticia es el video, no el intento de robo.

Das play a un audio.

—Muchachos, disculpen que los moleste. Eso no fue un robo. La mina que manejaba el vehículo los encerró a los flacos, a los cabezas estos, porque son cabezas, los encerró y casi que los pasó por arriba. Y la mina se tomó el palo. Empezó a correr y los flacos la empezaron a correr de atrás. Y paró en el semáforo de ahí del Shopping y los flacos cabezas estos le hicieron todo eso. Pero no fue un robo, ¿eh? Sinceramente fue que la mina casi que los pasó por arriba.

Lo mismo te llega de 15 lados distintos. Te mandan la captura de pantalla de un diario: “Otras versiones indican que no se trató de un robo”, dice.

O sea: un audio privado de un desconocido contradice una escena filmada de violencia explícita y se viraliza. O sea: poco importa que en la misma tarde haya habido dos robos armados en el mismo sector. O sea: sin ninguna fuente identificable ni registro visual que lo afirme, para el imaginario de algunas mujeres y hombres de Bahía Blanca es posible que vos, “la mina”, hayas encerrado a una moto y que eso haya provocado una respuesta al estilo Relatos Salvajes.

—Vas a tener que devolver el bisón —dice tu amigo.

***

Te llama un productor de radio para pedirte una nota en vivo a la mañana.

—La única condición es que no hables con nadie hasta que salgas con nosotros —te dice.

—¿Qué? ¿Las condiciones me las ponés vos?

Todo lo tranquila que estuviste el día del intento de robo para preservar a los chicos se te fue hoy con el video en las redes.

Mañana te van a llamar de más medios. TN, América, C5N. El video va a salir en Intratables. Un canal local a mandar un móvil al semáforo y le va a preguntar a los conductores si el del Shopping es un sector peligroso. Se te va a llenar el Whatsapp de productores que te llamarán por tu sobrenombre y dirán: “¡Hola! Vimos el video. ¡Qué terrible! ¿Te podemos llamar para que salgas tres minutitos al aire?”.

Todo eso va a pasar mañana. Ahora volvés al chat y das play a otro audio que te llega de varios lados y parece viralizado. Escuchás y al principio no entendés.

Es la voz de tu marido.

Es tu marido contándoles a sus amigos lo que pasó. Diciendo tu nombre, hablando de tus hijos, del lugar donde viven.

Ya es tarde, los chicos duermen. Ahora que podés puteás, revoleás las manos, llorás. Tenés miedo de que alguien los vaya a buscar.

Nunca sentiste miedo. A mí la locura por la inseguridad no me va a agarrar, decías. Los robos están en Argentina desde hace años. El crecimiento de la desigualdad es directamente proporcional al crecimiento de la inseguridad. Eso decías. Eso decís.

Y ahora por un video, por la viralización de un video, tenés más miedo que por haber estado con tus hijos en un auto violentado a cascotazos.

Les pedís a tus amigos que ni se les ocurra compartir audios tuyos. Que sentís que esto se fue de control. Te dicen que tu fama va a durar dos días y que después va a pasar. Que veas Black Mirror en Netflix, te dicen: es tal cual.

Ayer estaba re tranquila —escribís—. No fue más que un simple intento de robo. Esto es un desastre. Por culpa de las redes, no por otra cosa. Me cago en las redes.

Escribís y mandás el mensaje y te quedás con tu Samsung colgando en la mano. Te das cuenta que sólo podés hacer una cosa.

La hacés.

Apagás el teléfono.

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