Crónica de un primer viaje en subte

Tenés 4 años, María. Vivís en Bahía Blanca y este domingo a la mañana estás de vacaciones de invierno en Buenos Aires. Ya viniste antes, pero esta vez es la primera que viajás en subte. Tu definición de “subte” es “tren que va rápido por abajo de la tierra” y esa es la expectativa que muestra tu cara mientras bajás la escalera mecánica de la Estación Juramento de la Línea D.

Te sentás en el suelo, hasta que ves una luz en el fondo del túnel y escuchás una arenga:

—¡Mirá, María! ¡Ahí viene! ¡Ahí viene!

Subís y te acomodas al lado mío en un asiento. Te cuelgan las piernas. Suena el timbre y el subte arranca. Forzás una sonrisa y apretás mi mano: tenés miedo. Cuando te acostumbrás ves que un chico de unos veintipico está sentado enfrente tuyo con la cabeza hacia atrás y los ojos cerrados.

—Mirá, mami, está dormido —decís.

—Sí, la gente duerme en el subte —digo.

—¿Por?

—Y, porque está cansada y el subte hoy es cómodo y calentito y entonces le da sueño.

—Ah.

Aunque no sabés leer, ves los carteles de las Estaciones José Hernández, Olleros, Carranza, Palermo. En Scalabrini Ortiz nos escuchás decir que es el mismo nombre de nuestra calle en Bahía Blanca, sólo que en nuestro caso la cuadra es de tierra y los túneles son de los los tucu-tucus.

Sube una chica de unos 40 y te deja un papelito arriba de la rodilla. Agarrás el papelito con las dos manos y seguís los pasos de la chica mientras reparte y luego retira más y más papelitos entre los otros pasajeros. Creo que te hace acordar a tu seño del jardín.

Dos estaciones más adelante me soltás la mano. Ves cómo un nene llora, un señor duerme y dos chicas miran sus teléfonos. Te detenés en cada uno.

Hasta que de pronto, la sorpresa: un chico sube en patines. Tiene unos 15 años y va con calzas amarillas y remera de algodón rosa: desabrigado como si afuera no estuviera fresco o como si hiciera mucho que no sale del subte. Pone una canción de Rihanna en el altavoz de su teléfono y levanta una pierna mirando hacia el horizonte del vagón. Como es domingo hay poca gente y tiene espacio para deslizarse con velocidad. Va y viene en una danza recta hasta que se detiene en un caño que en horario pico de un día de semana debe servir de agarre de 10 manos o más. Hoy tiene el caño para él solo. Da una, dos, tres vueltas y se mira en el reflejo del vidrio de la puerta del vagón. En el reflejo de ese espejo manoseado no se debe alcanzar a ver que tiene toda la cara quemada.

A vos, María, te gusta más la obra del chico del vagón que la de acrobacia que viste el otro día en el teatro, que el paseo de ayer por Tecnópolis y que el subte mismo.

Pero nos tenemos que ir. Vamos a visitar el Cabildo y llegamos a Estación Catedral, así que nos bajamos. El subte arranca y se aleja y todavía escuchás la canción de Rihanna.

 

 

 

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