El llamado de la selva

Hola chiquis,

Hoy termina una semana importante para mí y les quiero explicar por qué como si fueran adultas. Hace un rato lo hice como lo que son hoy: dos nenas de 7 y 4 años.

—Es probable que me vaya de casa a trabajar más horas, ¿si? Para ustedes no va a ser un gran cambio, porque al mediodía van a ir a la escuela como siempre. Yo voy a estar más contenta y no les voy a gritar tanto. Y además voy a ganar más plata.

Hace cuatro días les quise decir lo mismo, pero estaba enojadísima —me habían roto una lámpara nueva—, así que les hablé en código monstruo:

—¡Me voy a ir de acá porque no las aguanto más! —les grité.

—¿A la noche también te vas a ir? —me dijiste vos, Antonia.

—¡Sí, también!

Hace seis años que trabajo freelance. En casa. Mayormente me encargo de las Relaciones Institucionales de una central termoeléctrica y en menor medida escribo artículos para empresas o sitios web. Gano poco y tengo pocas perspectivas. Me frustro, bah.

No siempre fue así. Casi todo este tiempo sentí que hacía lo que quería y como quería. Podía trabajar en temas de energía, que me fascinan, y pasaba tiempo con ingenieros muy capaces que me enseñaban cosas como estas. Lo mejor era que podía levantarme con ustedes, darles el desayuno, almorzar, llevarlas al jardín/colegio y estar para cualquier cosa que necesitaran. Llámese boletín, acto, pediatra o dentista.

Pero ahora quiero volver a trabajar fuerte. Ustedes ya pasan una buena cantidad de horas fuera de casa y yo quiero estar con gente durante el día, cobrar un aguinaldo, sentirme más profesional. Además, para una mujer es muy importante la independencia económica. Hoy en casa casi todo lo paga papá. Las vacaciones, los impuestos, la comida. Yo pago muchas menos cosas y no ahorro. Eso no está bien. Si nos separáramos, por ejemplo, ¿yo qué haría?

Así que hace meses que busco trabajo, complementario al que tengo u otro, y nada.

Pero de pronto, esta semana: todo. Dos oportunidades en empresas importantes, o sea: todo. Ninguna confirmada, pero sí con posibilidades. Una de ellas, incluso, me llega por recomendación. Eso quiere decir que no salió ningún aviso de oferta laboral, sino que me refirieron para ocupar un puesto, que encima es relevante.

Imagínense lo que significa para mí, que vengo con la autoestima hecha añicos. Que pienso que no hay trabajo, que ser mujer resta, que a tres años de cumplir 40 mis chances son cada vez menores, que no sirvo, que soy medio boluda. Que como tengo tiempo escribo ficción —e incluso este blog—, pero que son textos que nadie lee, porque, otra vez: boluda.

Si hace seis años dejé el trabajo que tenía y me hice freelancer fue por mí misma, para estar bien con ustedes. Bueno, ahora es igual, pero en sentido contrario. Estoy segura que lo van a entender, porque son dos nenas despabiladas que hacen las mejores preguntas del mundo y saben procesar y unir cualquier cosa; trabajos, horarios de escuela, las vacaciones en la selva de Misiones (ver foto), lo que sea.

Hace un rato lo hiciste vos, María, cuando te conté que me habían llamado de dos trabajos. Dijiste:

—¿Y de la selva no te llamaron?

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