Carta al futuro

Hola hijas,

Soy mamá, hoy es 2 de marzo de 2017. Hace pocos días vos, Antonia, cumpliste 7 años y vos, María, 4. Vivimos en Bahía Blanca, Argentina, en una linda casa con patio y pelopincho. Papá tiene 38 años, yo 37. Esto es una carta al futuro para que la lean cuando tengan más o menos mi edad. Es un pretencioso y rústico mensaje ecológico parecido a mis retos. Ya saben: “¡Apaguen esa luz!”, “Basta de saludar a la heladera” o “Cierren la canilla que así no se cuida el ambiente”.  Antes de seguir, dos cosas: espero que estén contentas y que hayan aprendido a ordenar el primero de todos los ambientes: su pieza.

Hace pocos meses participé en un congreso de Energías Sustentables acá en Bahía Blanca. Para mí fue un ejercicio de snobismo. Me sentía una periodista que entendía cual ingeniera temas técnicos relativos a parques eólicos, paneles solares y biomasa, tecnologías limpias que hoy Argentina sólo usa en un 1%. O sea, casi nada.

Afuera estaba fresco, pero en el Aula Magna de la Universidad Nacional del Sur (UNS) empezó a hacer calor, así que varios nos sacamos el sweater. De repente se escuchó un sonido como el del despegue de una nave. Nadie se inmutó: era un enorme equipo de aire acondicionado. Fueron diez minutos, pero el aparato hizo lo suyo y la temperatura se invirtió enseguida, así que nos tuvimos que volver a poner el sweater. Conclusión: ahí donde se discutía cómo disminuir la contaminación de la atmósfera por fábricas con chimeneas, la electricidad generada por esas mismas fábricas con chimeneas era destinada a la nada.

Pasa, hijas. Hasta en la casa de un ambientalista el cargador de celular puede estar enchufado por meses. La televisión encendida sin que nadie la mire, la luz del baño abandonada por horas. Igual que en casa. Vivimos cada vez más electrificados, pero no nos damos cuenta. Yo tengo blog, Facebook, Twitter, Linkedin. Papá acaba de comprar una minipimer espectacular. Ustedes saben usar la tablet, el celular. Semejante fuerza elétrica proviene de recursos naturales como gas, gasoil, carbón, entre otros. Sin embargo, a la energía sólo la percibimos cuando se corta. Desde el año pasado la miramos con un poco más de respeto porque es más cara. Pero lo que es la ecología y el cambio climático, acá, en este tiempo y espacio, a la mayoría nos importa poco y nada.

Springfield

Como saben, soy periodista e ingeniera frustrada. Igual que un pato, nado y camino, pero más o menos. Escribo, pero no publico. Creo entender a los ingenieros porque hace años que trabajo con ellos en empresas de energía, pero no lo soy. Sí, ya sé, el pato además vuela, pero también lo hace raro y para eso no tengo metáfora, discúlpenme.

El II Congreso de Energías Sustentables duró tres días, fue organizado por la UNS, la Universidad Tecnológica Nacional y el Colegio de Ingenieros de Bahía Blanca y estuvo a cargo de ingenieros especialistas de todo el país. Mi tema preferido fue la energía eólica. Es que a los aerogeneradores yo los deseo, hijas. Son altos, esbeltos, viajados, representan al hijo yuppie de ese peón de campo tan nuestro: el molino de viento. Están muy desarrollados en países nórdicos, pero acá en Argentina aún no. Se cree que este año se pondrán en marcha varios proyectos –sobre todo en nuestra ciudad, donde por fin el viento va a servir para algo-, pero aún no hemos visto casi nada.

Mientras tanto, somos Springfield. No creo necesitar explicarles por qué: descuento que en 2030 y 2050 seguirán los Simpsons y Bart tendrá 12 años.

Escuchen a mamá

Aunque ya sean adultas, déjenme martillarles la cabeza una vez más. Es sobre el electrodoméstico doméstico y masivo que hoy más gasta: el aire acondicionado.

  1. A menos que el cambio climático haya hecho estragos y la temperatura se haya disparado –es tan probable que me aterra- por ahí con un ventilador o su equivalente de 2030 alcanza. No siempre hace falta el aire acondicionado, salvo que el que ustedes usen se encienda a fuerza de, no sé, telequinesis.
  2. Si igual quieren encenderlo pónganlo en una temperatura agradable. No exageren. Acondicionar la casa en temperatura contraria a la estación es vulgar. Taparse en verano con frazada para dormir es vulgar. Destaparse en invierno también es vulgar.
  3. Si construyen una casa o un departamento -¡ya tienen más de 20 años, por Dios!- no hagan grandes ventanales o paredes de vidrio. El vidrio tal cual lo conocemos hoy, por más que sea doble y bello, no sirve para aislar y ahorrar electricidad.

Casa, casa

El día que en el Congreso de Energías Sustentables encendieron el aire fue el 28 de octubre de 2016. Casi toda la vida viví en Bahía Blanca y que yo recuerde, en esa fecha siempre usé sandalias. Esa mañana yo tenía botas. ¿Saben por qué? Porque toda esa semana había hecho un frío de locos: menos de 10 grados en primavera avanzada. Hoy es a eso a lo que llamamos “cambio climático”. Desconcierto, extremos. Vientos que ponen árboles paralelos al piso, lluvias que mandan a la gente a pasear en kayaks entre edificios. Prefiero no pensar en lo que ustedes llaman “cambio climático”.

Así que mi conclusión es esta: todos vamos a morir. También tengo otra, pero es puertas adentro. Casa, casa, hijas. Ahí empieza todo. Como cualquier proceso cultural se lo tenemos que enseñar a los chicos. Si ya tienen hijos/as, díganselo. Son mis nietos/as, deben saberlo. No sé cómo usan los electrodomésticos ustedes. Acá seguimos con enfrufes, cables, ¡cargadores de celular! Como sea, cuiden la energía eléctrica de manera más conciente, más humana, mucho mejor de lo que lo hacemos papá y mamá.

Por último, ojalá disfruten siempre de la naturaleza como en la foto que ilustra esta carta. Por ahí no se acuerdan: la sacamos en las últimas vacaciones hace un mes, cerca de la cascada El Saltillo, en el Parque Nacional Lanín.

Las quiero, chiquitas.

Abríguense que hace frío (o al revés, no sé),

Mamá.

PD: La “carta al futuro” viene de Before the Flood, un proyecto de un tal Leonardo Di Caprio que busca crear conciencia sobre el cambio climático. Los textos se archivan acá para que estén disponibles en 2030 y 2050.

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