Amor un verano

Esto no es para ustedes, hijas. No sólo porque se trata de la noche que encontré a sus abuelos teniendo sexo, sino porque forma parte de un perfil que escribí sobre su abuelo Oscar, mi papá. El texto completo se llama Pa y ustedes casi ni aparecen. Mejor no lean.

hfghfh

Mis padres son “Los Pelados”. Mi papá se quedó sin pelo hace décadas y para simplificar establecí un apodo que los incluye a ambos, a pesar de que mi mamá conserva una tupida melena corte carré. En una época a ella la llamaba “Asesina” -por un día en el que no me había preparado la merienda, en un claro de intento de querer matarme de hambre-, pero con los años tuve la gentileza de dejar de hacerlo.

Los Pelados tienen una casa de veraneo en un balneario cerca de su ciudad. El último verano fui a pasar una semana con ellos. Mis hijas y yo solas; mi marido se quedó en casa. Fue una fiesta de roles. Mis padres fueron abuelos; mis hijas fueron nietas y yo fui hija y madre todo lo que quise. Se comió comida casera y se habló de plata, de amor, de chicos, de comida, de otros.

Los Pelados habían celebrado 45 años de casados unos días antes y estaban serenos. A diferencia de los meses anteriores, mi mamá no retaba a mi papá. No lo mandoneaba. A su vez, mi papá no estaba tan encerrado en sí mismo, tan distante. El Parkinson seguía ahí, pero casi ni hacía falta que escondiera el temblor de las manos. Nadie, ni siquiera él mismo, miraba sus manos.

Una noche cenamos y mis nenas se durmieron agarradas de las manos. Eran la ternura. Les saqué una foto con el teléfono y la subí a Facebook. Mi papá le preguntó a mi mamá si quería aprender a leer libros en la tablet, algo que él domina desde hace años. Me dijeron “hasta mañana” y se encerraron en su habitación. Yo me enganché con una película, hasta que terminó y fui a acostarme. Me lavé los dientes y busqué hilo dental, pero en el baño no había. Pensé que mi papá podía tener en su mesa de luz.

Caminé a su habitación, abrí la puerta y me quedé agarrada del picaporte. Fue un segundo, porque tuve que hacer una especie de reverencia y dar vuelta atrás. Adentro estaba oscuro, pero no hacía falta tener 35 años como yo para darse cuenta de lo que pasaba. Sólo alcancé a ver una carpa hecha con las sábanas. Un escondite y una sorpresa. Un nudo de dos personas cubierto por una sábana donde se intentaba, de golpe y a los tumbos, desarmar una posición sexual. Esas dos personas eran mis padres a sus setentas. Cerré la puerta y no se escuchó más nada en esa casa. Sólo un silencio. Me quedé un buen rato con los ojos abiertos, tapándome la boca. Me metí en la habitación de al lado, donde mis hijas todavía dormían agarradas de las manos. Me acosté con ellas y ahí quedé, tiesa, en un limbo de shock y vergüenza que me duró un buen rato.

2 Replies to “Amor un verano”

  1. Sos lo mejor de lo mejor de lo mejor. Nunca encontré mejores relatos que los tuyos. Este es duro, durísimo. Asquete. Me pareció ser yo quien estaba allí. Te quiero Maru.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s